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Golgothos lleva más de un siglo respirando bajo dos soles, sellado del resto del universo por una piel que ha empezado a fallar. Cuando esa piel ceda, no quedará aire para sus diez mil habitantes.
Solo una persona puede salir a buscar la cura. Leo es el único cuerpo capaz de atravesar el Filtro de Fase —el umbral que deshace por dentro a todo lo que lo cruza—, y nadie le ha explicado del todo por qué. Al otro lado no encuentra el páramo vacío que le prometieron, sino un mundo inmenso y vivo, habitado por pueblos que han aprendido a sobrevivir entregando lo que más duele.
Víctor lleva una vida tranquila en su modesta granja. Cultiva su huerto, cuida a sus animales y no le pide mucho más al mundo. Es un hombre sencillo que ha aprendido que la tierra, si la cuidas con cariño, siempre te devuelve el favor. Pero un día algo cambia. Y con ese cambio llega también una pérdida que lo dejará sin rumbo.
Lo que comienza como una historia sobre el dolor de perder lo que más quieres se convierte, sin que nadie lo anuncie, en un viaje hacia un mundo que Víctor no sabía que existía. Un mundo con sus propias reglas, sus propias criaturas y sus propias formas de entender qué significa alimentarse, pertenecer y cuidar de los demás.
En el camino, Víctor descubrirá que escuchar a la madre naturaleza puede traerte cosas maravillosas. Y que a veces la vida te ofrece una segunda oportunidad disfrazada de algo que da un poco de miedo.
Cosmo tiene dieciséis años, duerme entre las cajas de conserva de la tienda de su madre y ha aprendido a no pedir nada, porque pedir no está en su idioma. En Aldebarán cae ceniza todos los días —el polvo de una estrella que lleva mil años muerta— y lo único que Cosmo tiene suyo es una criatura enorme que dibuja en los márgenes de los cuadernos y que siempre, en todos los dibujos, se pone entre él y el mundo